Travesías de Verano

16 08 2008

“Te extraño más que nunca y no sé que hacer,
despierto y te recuerdo al amanecer,
me espera otro día por vivir sin ti”.

Maná, Si no te hubieras ido
Este año, el verano duró cuatro seis semanas.

Día cero. Recibo mi itinerario de viaje por cuatro semanas; no es tan malo pues ya tengo ganas de ir a Los Ángeles, charlar, irme de fiesta con M&M… pasar horas manejando. Aunque al final terminaré extrañando Guadalajara y dormir en casa.

Día uno. L.A. no cambia, con más autos que personas. Llego al hotel y pienso que mi “deseo” cuando estuve en el D.F. se estaba volviendo realidad. Estaría una semana en un hotel, volvería del trabajo y no encontraría más que lo mismo, música agradable y publicidad hasta en una cuchara.

Duermo casi toda la tarde, despierto y es de noche. Veo el “Angel Stadium” iluminado y las luces de los carros. Llamo a M&M y no me creen que esté en la ciudad… una hora más tarde estamos cenando y siguen diciéndome que creyeron que era broma.

Día ocho mil setecientos sesenta. Es mi cumpleaños, vamos a cenar y después M&M organizan una fiesta, justo como me gustan: inesperada, cálida, sincera ¡y con pastel de tres leches!

Día siete. Es viernes, las cuatro semanas se han vuelto seis. Para cuando regrese a Guadalajara habré ido a Denver, vuelto a Guadalajara y luego a Arkansas; alrededor de cuatro días (con sus días y noches) en Aeropuertos… también lo quise un día, y este verano está decidido, ¡lo haré!

Día ocho. Soy conductora designada, vamos por la carretera Interestatal 5, viramos, vemos el centro de Los Ángeles. Mirna y Roberto están por terminarse su pomito de vodka. “Santa Monica Boulevard” – ya estamos aquí, el valet se lleva el coche… de pronto, estamos bailando, bailando, una cerveza, bailando, una cerveza, bailando, bailando, bailando… agua, bailando, voy al baño porque ya nos vamos, voy regresando a la pista y escucho esas trompetas: ya veo a María brincando y alzando los brazos y pienso: “pero si a la que le gusta esa rola es a mí”…

“hace días perdí en alguna cantina la mitad de mi alma más el quince de propina…
…sueños de habitación de un hotel de carretera y unas gotas de lluvia, que guardo en esta maleta…”

¡Cómo me gusta esa canción!

Día nueve. Mirna y yo nos vamos de compras – me siento feliz de acompañarla a elegir la decoración de su departamento estudio. Apenas anoche compré el juego “Los Sims – IKEA” y hoy Mirna y yo recorremos los pasillos de IKEA en Costa Mesa, California. Me siento una nube: quiero todo lo que hay en esa tienda pero ni lo pienso. Vuelvo a lamentar que en México no encuentre muebles o artículos del hogar parecidos.

Día trece. Es cuatro de Julio por la mañana, llego a Carl’s Jr. por desayuno y la chica me dice que soy la segunda clienta del día… sí que madrugué.

Ya voy otra vez de carretera en carretera. A la entrada del aeropuerto hay un pequeño retén, me entretengo observando las letras “LAX” gigantes. Ya estoy en la sala de espera… es la misma sala donde espero cuando voy a Guadalajara. Enciendo mi laptop y chateo un poco con Sandy, no hablamos mucho, la próxima semana nos veremos.

Al llegar a Denver, me espera Ani con sus pequeñines, vamos al súper y todos somos una familia, no sé bien si soy como la tía o la hermana mayor 🙂

Día veinte. Estoy cenando en Burguer King junto a la sala 16A. Duermo. Despierto. Son las cinco de la mañana y el avión aterriza en Guadalajara, como tantas veces, siento esa nostalgia; siento que vuelvo a casa.

Día veinticuatro. El fin de semana fue tan breve… otra vez salgo del Aeropuerto y conduzco a la oficina.

Día veintisiete. Son las ocho y media de la mañana, mi tía me escribe: “¿Cuándo llegas? Por favor escribe o comunícate en cuanto puedas”. Comienzo un correo y lo dejo, tomo el teléfono y me contesta el buzón de voz. Estoy terminando el correo y timbra mi teléfono… parece que me equivoqué y escribí que llegaba a la reunión familiar el viernes por la mañana, en vez de sábado. Quisiera haber visto a mi familia distribuida por el Aeropuerto buscándome.

Son las seis de la tarde y sigo en la oficina, mi tiempo límite son las ocho para comenzar a manejar rumbo al aeropuerto. Todo pasa muy rápido, el avión va despegando y yo ya estoy dormida, de pronto estoy en Dallas y al siguiente pestañeo, estoy aterrizando en Little Rock, Arkansas. El Aeropuerto es como una pecera, veo a través del cristal y nada, salgo y siento como si hubiera entrado a un sauna – otra vez mis deseos hechos realidad, alguna vez dije que me encantaba ir al sauna y me doy cuenta que los próximos días serán así.

No puedo describir bien todo lo que sentí este fin de semana; cientos de encuentros, con mis abuelitos, con mis tías, tíos, primos, primas… y mi familia una de las dos ausentes. Al principio me sentí rara, en una reunión familiar sola (al menos sin mi mamá), hacia el final de la reunión, me sentía renovada, recargada.

Día treinta. Despierto temprano a pesar de haber dormido cuatro horas, me baño y me recuesto otra vez, nadie más se ha despertado. Al rato veo pasar a mi abuelita, luego despiertan mi tía Irma y Clara, nos preparamos para ir al Aeropuerto. Hay muchas cosas que no puedo describir porque el sentimiento me obstruye las ideas.

Estoy registrándome, pasaré todo el día viajando entre Little Rock, Houston, Salt Lake City y Los Ángeles.

El sol se está ocultando, salgo del Aeropuerto y llamo a mi tía para avisar que el viaje terminó bien. Conduzco y llego al departamento. No sé cuántas horas paso viendo las fotos y videos… me quedo dormida.

Día treinta y uno. Ni siquiera lo hubiera escrito, porque iba a ser un día más de trabajo, hasta poco antes del medio día cuando tembló.

Día treinta y dos. Sigo pensando en el temblor, fueron pocos segundos, el movimiento fue bastante “rítmico” y todo estuvo bajo control, incluyéndome. Pero es inevitable pensar en la fragilidad del ser humano, en que dependió de esos segundos que todo esté bien ahora y sea una anécdota. Pienso como yo misma (antes), mi familia y amigos son ajenos a un terremoto, luego que les avisé, las respuestas fueron bastante tranquilas… a decir verdad, nadie preguntó cómo estuvo. Pero los entiendo, porque yo tampoco me lo preguntaba antes de vivirlo.

Día treinta y tres. Tomamos Baileys en frapé y charlamos sobre el terremoto. Me cae aún más el veinte, cuando María dice que pensó en irse a México, cuando Guille dice que ella no piensa estar en California mucho tiempo. Esa noche me despido de Mirna y María y mis nuevas amigas.

Conduzco de vuelta al departamento, ese momento resume todos los que pasé conduciendo: escucho a Maná cantando “Si no te hubieras ido”.

Día treinta y cuatro. Termina el día, un poco ofuscada, pero ya estoy abrochando mi cinturón de seguridad y ansiosa por despegar.

Día treinta y cinco. La mañana está lluviosa, veo millones de luces en Guadalajara por la ventanilla y exhalo como si hubiera contenido la respiración por treinta y cuatro días.

Camino entre los coches y subo mi maleta, un beso y un abrazo se transforman en sonrisa.

Llego a casa y me recibe mi mamá, ella se prepara para salir y yo duermo un rato por la mañana.

Es de noche y regreso del trabajo – camino y llego a casa. Otra vez el tiempo pasa pronto, esa noche cenamos y tenemos una sobremesa muy placentera.

Día treinta y siete. Sin darme cuenta, estamos en una típica escena familiar, yo estoy sacando ropa que ya no uso o no me gusta, hablamos de todo y nada.

Nos vamos “de compras” aunque compramos poco, pero pasamos toda la tarde caminando por Tonalá. Aún tenemos energías, así que seguimos de tiendas, volvemos a casa con un colchón y siete bolsas: cambiamos el colchón y terminamos de “armar” el estudio.

Día treinta y ocho. Son las siete de la mañana, me despierto y platico poco con mi mamá, preparo café y nos despedimos. Los acompaño hasta la puerta; mientras bajamos las escaleras, los sentimientos emergen. Como veredicto, la escucho decirme que me ve muy bien, muy estable – y esa palabra resuena en mí. Mi madre termina diciendo que así nos educó, para ser independientes y muy capaces.

Regreso y me sirvo el café que quedó. Voy a la ventana del estudio, escucho el motor y aunque no veo pasar el carro, recuerdo cuando vi a Claudia y Paola mientras se iban, muchos meses antes. Escucho otra vez “si no te hubieras ido” y regreso a la cama. Sandra me abraza y es todo lo que necesito, duermo un poco y después me voy a trabajar.

Día cincuenta y seis. Hoy me he levantado con ganas de escribir, luego de un par de horas, he terminado mi relato. Estoy sola en casa, en esta casa que ya me gusta mucho, me gusta su olor, sus colores, su luz y su oscuridad. Me gustan sus momentos y su rutina. Me gusta que ahora y desde hace ya mucho tiempo, aquí soy yo y si un día quiero ser diferente, simplemente soy. Me gusta el transcurrir del tiempo, porque conforme pasan los días, vamos llenando nuestras ganas por volver a casa… un día.

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