“Al fin y al cabo,
somos lo que hacemos
para cambiar lo que somos”.
Eduardo Galeano
Se llama ansiedad y me ha dado muy fuerte desde temprano. Ansiedad por lo que no hago, por no ir a la escuela y luego buscar pretextos, o peor aún, encontrarlos. Ansiedad porque siento que estoy luchando contra un sistema – el educativo – bajo el cual he vivido casi toda mi vida y al que ahora repudio, al que no pertenezco y con el que me siento en franca enemistad.
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Anteayer me reprochaba estar hablando del trabajo otra vez. Pensando todavía en situaciones que se quedan en la oficina. Pensaba en lo que se dice, en lo que no se dice, en lo irreal, en lo real y qué tan real es.
A todo esto, me siento tranquila. El secreto es darle tiempo al tiempo; tampoco atesorar esperanzas o suposiciones. Darle su peso justo a las cosas. Lo que no puedo evitar es pensar.
En estos casi quince días he hecho de todo un poco y también ha pasado mucho; fundamentalmente tiempo.
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Tus padres nunca saldrán de tu vida. Sin embargo, recuerdo claramente el momento en que se dieron cuenta que ya no eran responsables de mis actos. La primera vez que les dije que me mudaba, cada uno reaccionó aceptándolo pero haciendo esa distinción sobre lo que cambiaba en sus vidas, más que lo que cambiaba en la mía. Recuerdo que mi papá me dijo que no podía decir nada porque yo lo tenía no sólo decidido, sino listo; él no intentó entenderlo, sólo aceptarlo. Mi mamá en cambio, lo cuestionó más, pero al ver que mis respuestas eran breves, también aceptó que yo tenía edad y conciencia para hacerlo.